EDITORIAL
10/09/2014
Las rehalas ante el derecho laboral y social


Eduardo COCA VITA


Aunque preocupasen los planes y actuaciones de las administraciones sobre los aspectos laborales y sociales de las rehalas, la pasión por la caza y el amor a perros y tradiciones no debió llevar a voluntarismos como los de la inicial carta a la ministra de Empleo en el origen de la actual contienda, cerrada por ahora con la manifestación en Madrid del pasado sábado. Las reivindicaciones necesitan rigor y no lo tiene decir en términos maximalistas y absolutos, sin distingos, que la caza con rehala es actividad de ocio y meramente deportiva practicada por afición, equiparando a sus asociaciones y a ellas mismas con clubes y entidades deportivos sin ánimo de lucro perceptores de propinas «voluntarias» para el combustible, asimilando la montería a un espectáculo deportivo y parangonando a los perreros con los esquiadores o tenistas que no compiten ni están obligados a federarse.

Y menos fuerza aportaba considerar a los rehaleros/perreros deportistas profesionales a efectos de las relaciones laborales especiales del Decreto 1006/1985, de 26 junio, por unas actuaciones marginales y de temporada de las que no viven, cifradas en treinta días al año, algo cierto para muchos, parcialmente para otros e inexacto para quienes con múltiples recovas actúan bastantes días más.

Cuando el ejercicio de la caza deviene actividad económica (y así lo proclaman los inversores cinegéticos si les conviene, haciendo del desarrollo rural un arma frente a políticos y prohibicionistas), sus gerentes u organizadores necesitan contratar servicios externos, como en tantas otras operaciones, productivas o no, incluso benéficas.

En línea con ello van mis informaciones de hoy, legales pero comprensibles, como corresponde a un elemental trabajo divulgativo. No sin la advertencia de limitarme a lo laboral y de seguridad social, al margen de los aspectos tributarios. Y ciñéndome a quienes en el desarrollo de jornadas de caza utilizan a empresas y profesionales o a trabajadores autónomos o dependientes. Si me permiten la expresión, «a los dueños de la cacería» («‘patronos’ cinegéticos» sería otro nombre). No se contempla aquí a los propietarios de fincas y titulares de cotos que arriendan o ceden cacerías, desentendiéndose de su curso, ni a los ayudantes que pueda buscar el cazador por sí mismo.

Respetando la extrema calificación que le daba a la caza la carta enviada al ministerio («actividad deportiva de interés general a cuya práctica tienen derecho todos los ciudadanos en condiciones de igualdad»), yo sostengo que la caza es ocio para muchos, en muchas de sus manifestaciones y en muchísimas ocasiones, pero negocio para no pocos en bastantes casos, los que más dinero mueven.

Parece una ironía, si no un sarcasmo, hablar de ausencia de lucro en ojeos de miles de hectáreas, a miles de euros la acción y con miles de reses muertas (en gran parte «bocas» o «medallables», como hoy se califican con cursilería empachosa). Igual diría de las docenas de rehaleros que, pica en ristre y con cientos de canes, «montean» en cercas y vallados de aquí y allí, más de un día y más de dos. Veamos lo que en las modernas monterías puede suceder:

—En caso de contratar empresas de servicios, no cabe exigir al organizador afiliaciones ni cotizaciones sociales, siendo los proveedores los obligados hacia sus propios trabajadores: restauración, carniceros, retirada de despojos, taxidermistas, etc.

—Si los colaboradores, necesarios u opcionales, son profesionales liberales, no hay aplicación del derecho laboral o social; y menos cuando resulten oficialmente retribuidos con honorarios de baremo o corporativos, caso del veterinario.

—Lo mismo digo si se emplean autónomos de profesión no colegiada, por ejemplo, un transportista para distribuir monteros o acarrear piezas a la junta de carnes.

—Distinto es emplear a trabajadores que solo ponen sus pies y manos bajo las indicaciones del organizador o sus representantes. En tal caso, parece obligatoria la afiliación de secretarios, cargadores, postores, ojeadores, morraleros, etc., aunque se cace por invitación Solo se salvaría quien fuese sin remunerar, por amistad o gusto, y los familiares hasta el grado a que alcance la eventual excepción legal. Es decir, el acompañante o ayudante no asalariado. Pero que lo sea de verdad, no que se diga que lo es sin serlo, ingenuidad que no libera de responsabilidad por accidente, menos en caso de jubilados, subsidiados u otras irregularidades.

¿Qué sucede con las rehalas? La respuesta irá en la segunda parte, adelantándoles que llamo «rehalero» al dueño de la rehala y dejo lo de «perrero» para el que la controle un día concreto, añadiendo enseguida que, en principio, un rehalero con sus vehículos, licencias y seguros de caza, visados de transporte y sanidad…, es jurídica y contractualmente un empresario o autónomo en relación al organizador de la montería donde interviene. Puede ser un mero aficionado, pero no podría cobrar, porque afición y retribución son incompatibles. Si fuese un cazador más, cabría sumar sus gastos a los de otros y repartirlos entre el grupo que montee en cuadrilla, costumbre seguida en muchos territorios hispanos, especialmente del norte.

A veces los rehaleros cuentan con más rehalas que manos y se auxilian de perreros ajenos, ellos sabrán si bajo relaciones laborales, familiares o amistosas, lo que no tiene que averiguar quien se limita a tratar con el dueño de perros y vehículos, los maneje o no personalmente. Es el rehalero quien busca y dirige al perrero, le paga y, si los hubiere, carga con sus deberes socio-laborales. Cabrá repercutir su coste en un tercero, pero la obligación nunca. También puede probarse que todo se hace gratis o queda entre parientes exentos, pero no alegando que solo reciben propina, algo usualmente adicional en el trueque por posturas. Porque, lo ocupe, regale o venda, el puesto es un pago al rehalero añadido a la propina del perrero, lo sea él o un tercero que él recluta, e independientemente de que la gratificación le llegue de la mano del organizador, a través del rehalero o saliendo del bolsillo de este. Nunca un organizador escoge al perrero —solo al rehalero—, frente a lo que sucede con secretarios, ojeadores, destripadores o similares.

Como las razones intuitivas y emocionales son irrelevantes en un marco ministerial de decisión atribuida a funcionarios técnicos y no políticos, debió siempre trabajarse con pragmatismo y sobre verdades fácticas, no sobre fantasmas de ilusión. Montar la defensa con criterio y seriedad, sosteniendo la excepción laboral de la caza con rehala no mercantil y siendo aficionados o allegados los que conducen perros y vehículos, es decir, cuando «cazan» como deportistas, no cuando «trabajan» en monterías rentables.

Puede asimismo invocarse la temporalidad u ocasionalidad. Y hacerse valer la gratuidad cuando concurra, pero sin establecerla a priori como norma. No es realista sentar la presunción genérica de que las rehalas actúan gratis salvo prueba contraria, porque no es lo general. Ni que salen treinta días —algunas ya quisieran—, porque nadie les reclamaría nada por ninguno más.

Ignorar el suelo que se pisa, imaginar lo que no es y olvidar el realismo llevará al rechazo de lo utópico e imposible en perjuicio de lo realizable y posible, que es lo que hay que salvar, no lo que implique prestación exigida de cotización, cuya exclusión sería como jugar el rehalero a la ruleta en los peligrosos viajes y tiroteos de las batidas con perrero ajeno. Nadie, y menos la Inspección de Trabajo, puede admitirlo.

Me dirán los afectados que todo eso está muy bien, como lo del bienestar animal y la tributación fiscal y el medio ambiente y la sanidad y el no abandono, etc. ¿Demasiados trámites y trabas? Sin duda, pero es el precio de convertir la montería en fuente de rentas y trabajo, génesis de tasas, impuestos y dividendos. De haber continuado como se inventó no habría tanto problema. Monteros, rehalas y perreros no son lo que eran, pero se sigue soñando que sí, para «cazar con el ‘romanticismo’ del XIX en el ‘prosaísmo’ del XXI». Y en la caza, como en la vida, hay que estar a las duras y a las maduras. Lo digo como lo siento. Monterías y cacerías son puro «amateurismo» en muchas ocasiones y partes de España, pero en otras no hay quien lo crea.

Comparen las ventajas de cazar solo por afición con los inconvenientes de hacerlo por algo más, y miren si la culpa está en las leyes o en la nueva caza (que de caza va dejando de tener lo que tenía) y en los nuevos cazadores (que de cazadores llevan rumbo de no conservar ni el nombre). ¿Y las rehalas? Pagan sus consecuencias las que menos lo merecen. Justas por pecadoras. Paradojas de la caza dentro de las de la vida. Palmarán las de «a ciencia y conciencia» y las de «por pasión e ilusión» antes que las de profesión e inversión, torpemente equiparadas por unos luchadores igualitaristas del ocio y el negocio. Flaco favor se hizo en este asunto, que hoy tanto agobia, con la improcedente petición primaria de igualar a los desiguales.

Queridos rehaleros y perreros, sostened en vuestras asociaciones que en la rehala, como en la caza —y en la vida—, al pan, pan y al vino, vino. Porque avance y progreso lo son para todo. No se puede cazar con coches, mansiones, armas y «trofeos» de 2014 en un sistema laboral y social de 1914. No se debe escamotear asistencia sanitaria, indemnización o pensión al perrero que pueda recibir un balazo cuando vaya a ganarse 60 € manejando perros extraños alquilados por 250 para diversión de puestos vendidos a 3.000. ¿Tanto supone detraer de semejante fajo de billetes las nueve o diez monedas de seguridad social para una jornada en paz?

Es mi punto de vista, naturalmente. Y solo me mueve el bien de las rehalas, de los perreros y de las monterías. Ningún otro móvil me guía. Los planteamientos basados en el exceso de celo o ambición de eximir por parejo a todos, sin reparar en sus diferencias, pueden haber sido una caña vuelta lanza ahora difícil de desclavar, y deben servir de lección para saber aspirar a lo viable descartando lo irrealizable.

Ojalá se rectifique a tiempo en el modo de plantear las negociaciones y en su objetivo último, lo que facilitaría el resultado final que traiga la justicia y la tranquilidad al mundo de la rehala. Así lo esperamos del ministerio del ramo y sus inspectores.


NO EXISTEN OPINIONES DE ESTA EDITORIAL
Escribe tu opinión: Debe estar registrado en agrestecaza.com para poder opinar



VER MÁS DE EDITORIAL / LISTADO DE TODAS LAS EDITORIALES


BUSQUEDA DE NOTICIAS
EDITORIAL
Los invasores

Julen Rekondo

Periodista especializado en temas medioambientales

Una especie exótica es la que vino de fuera o, mejor dicho, la que nuestra especie trajo, se quedó y se reproduce con éxito, lo que permite que su población se estabilice y mantenga. Toda especie ex...

LEER MÁS
OPINIÓN
Ni ciega, ni chocha, ni sorda
Pablo Capote (Director de TROFEO)
Perros, hombres y tontos
Eduardo Coca Vita (Un cazador que escribe)
La última terna
Lolo De Juan ("Polvorilla")
¡ 50: suma y sigue ¡
Luis Pérez de León (Director de ARMAS INTERNACIONAL)
La genética está de moda
Pablo Capote (Director de TROFEO)
Rendición argumental por empacho legal
Eduardo Coca Vita (Un cazador que escribe)
!Qué mal se pasa!
Lolo De Juan ("Polvorilla")
Repoblar con perdiz salvaje
Tío Calañas (Cazador andaluz)
ENCUESTA

¿Irías a Madrid a una manifestación en defensa de la caza?

a) Sí, es muy necesaria.
b) No, no sirve de nada.
c) Depende de quien la convoque.
VOTAR
RESULTADOS
FASE LUNAR
CURRENT MOON
TIEMPO
ENLACES DE INTERES