EDITORIAL
12/12/2014
La caza y los parques
EDUARDO COCA VITA

El tema está trillado, en buena parte por su palpitante actualidad tras aprobarse la ley de parques nacionales alterando in extremis el proyecto para permitir cazar hasta 2020 en las propiedades municipales y particulares a ellos incorporadas. Ni hasta 2017, como se establecía inicialmente, ni para siempre, como querían los titulares y empresarios cinegéticos. O sea, todos descontentos, especialmente los ecologistas, que no han podido ni dejar las cosas como estaban.

Cuando fui director general de la meteorología coincidí con Alberto Ruiz del Portal, que lo era de la naturaleza, competencias ambas del entonces Mimam. Ya en aquella época me decía Alberto (ingeniero de montes y cazador tradicional con una vida funcionarial consumida en el sector) que no era partidario de abrir los parques a la caza, pues había suficiente espacio en el territorio nacional para cazar y no veía por qué añadírsele la escasa porción de terreno protegido, casi todo público.

Sin perjuicio de las matizaciones que luego haga, también mi posición de origen es contraria a la caza en los parques nacionales. Por lo que decía Alberto y por no haber necesidad de irritar lo que puede armonizarse: ni erradicar la caza en todo lugar, ni practicarla hasta en un parque nacional. Las limitaciones de derechos particulares en un parque no son más ni menos que las del afectado por las ordenaciones urbanas, servidumbres aeronáuticas, zonas de seguridad o limitaciones de edificación en entornos artísticos. Según nuestra Constitución, deben ceder al siempre preferente interés general, aunque —también según nuestra Carta Magna— indemnizándose si suponen sacrificios especiales con alcance económico.

En último extremo, ahí está el poder judicial que fija el justiprecio de la privación de los derechos con valor monetario. Nadie puede quejarse por una regulación constitucional que es igual a la del resto del mundo civilizado.

Poco sirve la alegación tan invocada por los cazadores —realmente por los terratenientes y organizadores de cacerías— de que si hay parques es por haberse dedicado a la caza sus territorios. Siendo cierta la premisa, no lo es menos que esa caza conservadora del medio y propiciadora, por tanto, de la herencia generacional de una naturaleza en estado excelente, no es la caza de hoy. Hablamos de caza a pie, de trasporte con tracción animal, de armas y municiones elementales, de inexistencia de maquinaria, de ausencia de lucro y mercantilismo…

En resumen, la caza deportiva de hombres poco equipados y muy limitados, netamente inferiores a los animales silvestres y sometidos a una naturaleza vigorosa e indómita con la que la especie humana ni intentaba meterse.

Impensable suponer que esa situación puede seguir con las tecnologías e inventivas de la era moderna, que han hecho de la caza un artificio potencialmente devastador en manos de quienes hacen mal uso de los recursos cinegéticos y del campo que los alberga: vallados impermeables o electrificados, incubadoras y granjas, química y genética de vanguardia, armas robotizadas y artilugios contra la ética y el equilibrio entre cazador y pieza, inhibidores de instintos, espionaje de la vida nocturna de sus moradores salvajes, mercantilización extrema de las industrias y explotaciones cinegéticas, trasiego y mezcla de genes por la vanidad del trofeo y la rentabilidad de su venta… Razones todas para hacer lógico sospechar del desinterés conservacionista de algunos más allá de salvar la gallina de lo huevos de oro.

Y ni eso cuando se disfruta la caza como intermediario o agente. Obviamente, si las cosas no hubieran cambiado y siguieran como antes, las declaraciones de parque sobrarían. Por la misma razón, tampoco habría que legislar sobre los recintos históricos que han llegado a nuestros días después de vivirse en ellos sin más limitaciones que las del comportamiento ligado al mercadeo, al tránsito y al ruralismo de épocas sin desarrollo técnico. Razones fútiles en la voraz civilización actual.

Especies al albur
Cuestión diferente es que en los parques nacionales las especies dejadas a su albur crezcan hasta amenazar el propio espacio y otros bienes o valores sociales prioritariamente protegibles, imponiéndose, si no la caza, sí el control de poblaciones mantenedor del equilibrio, por llamarlo de algún modo. Si esa labor se hace por la guardería discreta y profesionalmente, nada que oponer.

Pero mucho que objetar si se aprovecha para que recechen y monteen los celadores, funcionarios y políticos de turno, como más de una vez ha sucedido. Y si mi oposición a esto es contundente, qué decir cuando el descaste se realiza por asistencias técnicas o se contrata con empresas que, encima de cobrar, desbaratan. No tiene justificación. En nada se diferencia ello de una cacería, aunque con más desorden y sin el sedante de la afición. Mi completo rechazo de tales métodos. De surgir la necesidad, podría acudirse a clubes de aficionados, federaciones deportivas o sociedades locales, quienes, alejados de intereses comerciales y bajo las instrucciones adecuadas, pueden hacer eso mismo cuando menos se estorbe, compaginándolo con otros usos y pagando de paso algunas tasas que mejoren los presupuestos de protección.

Seguro que mi fórmula no va a merecer la aprobación de todos. Puede que de nadie. Pero, como la creo sensata, ahí la dejo. Por mí no va a quedar el intento de armonizar los gustos de los enfrentados, que, o ceden algo o saltan por los aires del encono.

¿Caza en los parques? No. ¿Intervención de cazadores deportivos? Sí cuando el control resulte un mal menor. ¿Monterías? No. Pero tampoco partidas contratadas ni sacadillas de guardianes. Y todo ello con el máximo recato.

Por ejemplo, primando el empleo de arco o silenciador. Ni cabrear al conservacionista ni exasperar al cazador. Qué suerte la mía, en todo caso, que puedo hacer la proposición pero no tengo que tomar la decisión.


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