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EDUARDO COCA VITA (Un cazador que escribe)
02/02/2016
Sin aprensión ni miramiento

Por las fechas en que esto escribo estoy leyendo a Josep Pla, uno de los grandes y originales escritores catalanes, a quien tomo por el Delibes de la mar, aunque sin la patentada sobriedad del vallisoletano. Si este decía que «escribimos mejor cuanto más sencillamente escribimos y haciéndolo como hablamos», el otro proclamaba «una escritura clara, precisa y sobria, de estilo seco y pegado a lo real». Quede el duelo en tablas antes de decir que en la biografía de Pla descubro que un buen anticipo de su estética, algo así como su lema, era «escribir de las cosas que había visto», lo que me ha despertado la imaginación para hacerlo yo hoy de las cosas que he oído. No de mis cosas ni de las cosas vistas. De las oídas. A ellas voy.

Un amigo cazador, que posee en Toledo una finca sin cerrar rodeada de otras —más grandes o más chicas— que tampoco lo están, me contaba que no lejos de allí hay algunos cercados con mayor intensidad de explotación que los clásicos cotos de menor o que los de mayor reducida a ciervos y jabalíes. La introducción de muflones en los acotados con malla cinegética determinó, añade, que empezaran a divisarse por el paraje algunas hembras y machillos necesitados de respeto para su asentamiento y expansión, dotando a la zona con un atractivo adicional, y no pequeño: muflones en abierto que algún día podrían incluirse en los planes técnicos para su aprovechamiento razonable y sostenible, algo que los amantes de la caza y el campo naturales saborearían cual miel de almendro. 

Según el colega relator, hace unos meses ya pudo fotografiar varias de estas piezas en su heredad, con la lógica esperanza de ver enriquecido su valor natural. En época de celo daba por segura una decente partida de futuras madres que en la primavera ofrecerían en sus tierras y las vecinas un espectáculo nuevo: la convivencia de los cochinos y los venados con los muflones recién llegados, no en furgonetas sino por sus pies, como debe ser. Pero su nieto, un empedernido y ya entrenado acompañante, no las tenía todas consigo y solo pensaba en que al macho lo mataría cualquier día una u otra de las cuadrillas que por el entorno cazan la menor o practican la mayor en monterías y batidas, si no en ganchetes, aguardos y «guarreos» más informales. La ilusión del niño, me dice, iba siempre ensombrecida por el temor a las acciones sin miramiento. 

Con los días, me sigue diciendo, dejó de ver a sus visitantes, queriendo suponer que por las lindes y aledaños comían, rumiaban y dormían. Pero es lo que quería suponer, dice afligido el narrador, pues pronto tuvo noticias de haber ido cayendo machetes y machillos, hembras y crías, quedando ya solamente algunas escamadas muflonas errantes a las que no les arrendaba la ganancia.

Hasta aquí el relato externo con el que remacho mis machacadas conclusiones sobre la condición del propio gremio y renuncio definitivamente a suponer que quepa conjunción entre quienes cazan por matar o hacer carne y los que cazan para alcanzar emociones y conservar la vida animal. Porque hay que ser desaprensivo para cortar el porvenir a una nueva especie prometedora de repartir su abundancia entre todos los de una comarca que se viera colonizada por ella. Hay que tener afán mortífero y destructor para lo hecho con un rebaño de muflonas que nadie las come y ni a los perros se las echan; que casi hay que pagar para que se las lleven los carniceros. Hay que carecer de aprensión para despenar a un hatillo de ovejas silvestres en época de quedar preñadas. Hay que ser desaprensivo para incurrir en tan absurda ambición con esta agresión a la solidaridad y a la buena gestión común de un potencial colectivo de beneficiados por la multiplicación de un animal cazable. Y más cuando el que lo sabe señala que por allí cazan gentes de alcurnia, influyentes y hasta participantes en la ordenación y reglamentación cinegética y medioambiental.

Quisiera que quienes se indignan con los ecologistas les expliquen esto y sus razones antes de pedirles que apoyen a los cazadores como los primeros conservacionistas —que es lo que repiten igual que los loros—; y a la caza como noble actividad regida desde lo más remoto y recóndito del ser humano por el instinto racional, que la convierte en una herramienta de gestión insustituible, un rito sacrosanto y una aportación benéfica a la biodiversidad. Vayan, cuenten y esperen la respuesta cantada. La de nuestros opositores, por supuesto, pero también la de los indiferentes y neutros. Mejor que no haya urnas para un referéndum. Mucho mejor.



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