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EDUARDO COCA VITA (Un cazador que escribe)
03/03/2016
Seis años llorando a Delibes

¡Cómo pasa el tiempo! No tengo por menos que valerme del tópico al comprobar que van seis años publicando cada marzo un recordatorio de Delibes. El 2016 me aleja en uno más del Delibes vivo y me acerca en uno menos al Delibes glorificado, porque seguro que Jesucristo no le ha defraudado. Él mismo esperaba con fe el cumplimiento de su palabra, cuando, en respuesta a un periodista que le preguntó sobre epitafios, le contestó (sin garantizar yo la literalidad): «Cristo, espero no me defraudes».

Mientras tanto, mantengo mi voto de rememorar anualmente en esta página la personalidad y obra de tan insigne y luminoso escritor, cazador y hombre, del que la Fundación creada por los siete hijos custodia sus papeles, estudia su impronta en la sociedad y en la naturaleza, divulga sus valores y fomenta el conocimiento de un estilo único y un pensamiento exigente, para que de todo ello sepan las generaciones que no coincidieron con él, sin tampoco dejarlo caer en el olvido de quienes tuvieron la fortuna de ser coetáneos. Una labor no fácil, porque, aunque lo niegue la canción, la distancia sí es el olvido —lo dicen los refranes— y, con el alejamiento de su presencia física, los padrinos y bienhechores de la Fundación pueden ralentizarse, si no recular, mientras la vorágine social del desarrollo propende a no valorar en su medida la personalidad literaria y la actitud conservacionista del sobrio gran personaje. Si es que no surge quien se proponga expresamente ensombrecerlo, pues en malvados y necios el mundo no tiene precio. Confunden avanzar con progresar. Y consideran que lo moderno es trocar las reglas clásicas y trucar el fondo moral de la ley eterna. Pobre gente la que ahora tiende a sustituir en los estudios las creaciones de Delibes y sus personajes por textos «más al día» y tipos del momento, en vez de afianzar el aprendizaje de lo que no fenece.

Creo, sin embargo, que son modas pasajeras, nubes altas, y que ni así se silenciará a quien se afianza como un clásico llamado a ocupar sillón perpetuo en la literatura universal. Y un modelo, si no patrón de medida, para las formas de vivir que eviten cambios climáticos y agresiones al planeta. Su lugar en las letras hispanas es para siempre, como esos censos a perpetuidad del Código Civil que yo estudiaba al licenciarme en Valladolid. Una excepción a la imperativa fecha de caducidad de todo, hoy día llevada al límite. Y no habrá quien lo desahucie de su sitio, ni con título ni a la fuerza, porque entró en la gloria cultural durante su existencia terrena, la que el día en que murió selló su pueblo con un pésame tan general como pocos han tenido. Ni literatos ni ensayistas ni filósofos reciben en España despedidas similares. Una explosión del duelo de un gentío en traba de edades, estados, ideas y ocupaciones, desde los reyes al mayor desheredado. El real reparto de intérpretes del auto sacramental de Calderón. Una foto del gran teatro del mundo en acción. Dentro de su generación, y aun dentro de otras posteriores, Miguel Delibes será pilar capital y espejo panorámico de los comportamientos más excelsos que persiguen el bien común en todos los aspectos y desde todos los ángulos.

En el terreno de la caza, al que en esta revista me debo, pasa algo igual, atreviéndome a sostener cosas parecidas sobre su papel en ella. Por mucho que aceleremos —o aceleren—, que tecnifiquemos —o tecnifiquen— y que acopiemos —o acopien—, el que abra un libro de caza de Delibes o repase uno de sus diarios quedará extasiado con su vocabulario y su llaneza desprovista de aparato y artificio, con los diálogos limpios y las francas emociones ante hombres y animales libres del medio rural, alternando en familiaridad e igualdad de trato con los próceres de Castilla y los compañeros de cuadrilla. Lo hayan conocido o no, quienes le lean no podrán sustraerse a admitir que condensa la esencia de la caza, aunque ya casi no se conserve en parte alguna y el lector no la sienta en sus carnes. La bondad, la honra, la felicidad, la sencillez… son entendibles incluso por quienes han dejado de tenerlas, y hasta por los que las abandonaron y no las añoran; incluso  por quienes las desdeñan, derrotados socialmente frente al río de lava que todo lo arrasa. Nadie, por mucho que haya torcido la línea recta de su afición visitando campos adulterados o disparando a piezas de pega, dejará de extasiarse ante las descripciones y relatos de lo real y bueno, lo imperecedero, lo de toda la vida. El hecho de no ver volver otros tiempos —ni ellos poder hacerlo— no significa que dejen de ser reales, y menos todavía que no lo fueran. Están los libros del maestro como demostración. Con ellos basta para revivirlos y, como en mi caso, de nuevo gozarlos. Cada relectura, un actualizado placer del pasado auténticamente contado. 



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