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EDUARDO COCA VITA (Un cazador que escribe)
01/11/2016
Perros, hombres y tontos

Lo de los perros vueltos personas es tema sobado que no me apasiona ni simplemente me gusta tocar. Pero hoy me voy a saltar la regla alentado por unas declaraciones de Jesús Caballero, el artículo de Javier Marías en El País Semanal de 19 de junio, la carta de un lector en 20minutos y los pasquines de una manifestación en Madrid.

Decía Caballero el 30 de julio en Gestiona Radio, con su proverbial sensatez y originalidad, que humanizar al animal te obliga a animalizar a la persona, lo que no es racional. Unas fechas antes salía el artículo «Perrolatría» (puede leerse en Agrestecaza), donde Marías vapulea la condescendencia con la beatería por los chuchos y el despropósito de los derechos de los animales, sobre lo que hay libros enteros, gustándome la tesis del filósofo y moralista Fernando Savater, que no ve en los mismos un sujeto de derechos, por carecer de deberes y ser incapaces de exigirlos y ejercitarlos, reduciéndose nuestras obligaciones a dar a cada uno su destino, usarlos para lo que sirven. Algo que yo matizo añadiendo que hemos de portarnos bien con ellos dada la superioridad de nuestro intelecto, ausente en las relaciones entre animales, regidas instintivamente, sin consideraciones a lo justo o injusto. La gabata no es buena ni el lobo malo. Son simples animales con papeles que les vienen impuestos rígida y eternamente.

Así las cosas, por las fechas en que esto escribo leo una de las diarias noticias sobre condenas judiciales por maltratar perros. Un caso no muy grave, aunque suficiente para incurrir en falta el cuidador que los dejó en las condiciones que rechaza la sensibilidad ciudadana de la Europa actual. Pero lo que más me perturbó fue el comentario de un espontáneo que, entre soberanas sandeces, más que despropósitos, reclamaba la cárcel para cuantos tuviesen perros en recintos incómodos, sin utensilios limpios, alimentos sanos y agua potable, frente a lo normal, según él, de comederos y bebederos sucios, camastros duros y habitáculos sin la alegría y el confort que merecen seres tan nobles. Acabando, ¡pásmense!, con no bastar para eludir el castigo llevarles sobras o el pienso más barato. Me quedé con ganas de preguntarle por qué no esa generosidad con los niños indigentes o los chabolistas. Cárcel reclamo yo para él, indiferente con tales personas frente a la magnanimidad hacia los perros que espera de otros para no meterlos presos.

Por similares fechas se anunciaba «Perrotón 2016», en pro de perros sin hogar, que no me parecía mal, aunque me escandalizase el simplista lema que arengaba a su acogida en reciprocidad a la supuesta segura y recíproca conducta canina, de modo que el perro nunca dejaría de adoptar a un hombre en desamparo. Hemos pasado de la cursilería bobalicona a la idiotez más completa, a la cabal y mayúscula imbecilidad, porque la adopción es un acto jurídico reflexivo y socialmente regulado que necesita la concurrencia de inteligencia y voluntad, ninguna de ellas presente en animales, resultando estúpido pedir que adoptes perros porque ellos también lo harían contigo. La trasposición improcedente de otro eslogan cierto, el de «No lo abandones; él nunca lo haría», conduce al disparate. Prescindiendo de que sea una actitud interesada hacia quien les da de comer, la fidelidad de los canes surge del instinto, no del raciocinio y la libre elección. Utilizar esa propaganda para el hecho adoptivo demuestra la osadía de los convocantes, de cuyas ocurrencias más audaces no podemos garantizar vernos libres, pues reaccionan emocionalmente, sin discernir como hombres inteligentes ni obrar como perros instintivos, solamente yendo como tontos bravucones capaces de llegar a donde nadie imagine.

Una de las metas de estos predicadores es imponer el auxilio tras un accidente también cuando los heridos sean irracionales. Y para salvarlos, no para sacrificarlos piadosa e indoloramente. Cursaron una denuncia en Brenes (Sevilla) por no prestar asistencia a una galga atropellada con fractura de coxis y abortando, a la que habría que haber atendido como a una mujer embarazada según la denunciante. No lo tendrá fácil la concejala enfilada. Las nuevas y vocingleras corrientes sociales coartan la independencia de quienes persiguen y juzgan lo aireado por las sociedades protectoras, nutridas, mitad y mitad, por gente con buena voluntad y tontos de solemnidad, a los que no se puede expulsar por disposición constitucional. Y qué favor le haría esa limpieza a una defensa animal practicada con cordura por la mayor parte de la sociedad. La que considera necesario el respeto, cuidado y buen trato al animal, pero sin traspasar su condición de tal. Con el hombre en su lugar.



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