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EDUARDO COCA VITA (Un cazador que escribe)
10/10/2015
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A la fecha en que esto escribo, mes de agosto, circulan notas y contranotas sobre la necesidad de que, en «todo tipo de cacerías» —y no solo en monterías, batidas, ganchos y ojeos—, los participantes no cazadores, además de estar en orden con la Seguridad Social y Hacienda, acrediten un curso de formación en prevención de riesgos laborales en el sector cinegético. Incluso alguna asociación del ramo ha anunciado ya su impartición mediante acuerdo con PREMAP Seguridad y Salud, invocando supuestas informaciones de los funcionarios del Ministerio de Empleo y Seguridad Social sobre su exigencia ya esta misma temporada a perreros, postores, ojeadores, arrieros, secretarios, guías, cargadores, cobradores, etc. contratados por el organizador, el cazador o el dueño de rehala, patronos todos ellos libres de la obligación.

No sé si la oferta de cursos de Atica-CLM se basa en una vocación de servicio al asociado o es oportunista, pero ha sido replicada por la ONC y la Mesa de la Rehala, que, en su ámbito de acción y citando la Ley 31/1995, de Prevención de Riesgos Laborales, limitan la superación del curso a los perreros por cuenta ajena, alcanzándole a sus amos rehaleros, eso sí, el deber de elaborar un plan de seguridad y salud. Lo grave es que a alguien de la Administración se le ocurran despropósitos como estos y, sobre todo, que haya quienes sigan haciendo trabajar la mente para cada vez más chorradas burocráticas, pudiendo razonablemente temerse que pronto haya normas ambientales que exijan retretes con papel higiénico no caducado en las juntas de sorteo y carne, envases para evacuar en el puesto y botes de farmacia para no contaminar de orín el campo los cazadores, acompañantes y auxiliares.

El problema se genera por la incompetencia/ignorancia de quienes nos rigen, rayanos en la cursilería o la ridiculez. Y hasta en la memez, pues tenemos que descartar las ganas de fastidiar o malas intenciones de quienes puedan pensar que llenando de chinas los zapatos terminarán haciendo desistir a quien no pueda caminar mucho sin grave daño a sus pies. Bien está que deba haber un veterinario y un tratamiento de despojos con unas instalaciones dotadas de agua y luz, de mesa y silla; o que ni con la firma del organizador quepa portear una cabeza de jabalí al taxidermista; o que no te puedas llevar para comer en familia ni un primalillo legalmente cobrado y sanitariamente inspeccionado; y hasta que haya que clorar el agua con que lavamos la barriga abierta de las reses (que beben donde les parece y se bañan en el cieno). Bueno está todo eso, digo, pero se hace excesivo exigir una habilitación al paisano que ojea, que destripa palomas, que echa las reses al borrico o que tira las patas al contenedor. Si difícil es hacerlos pasar por el alta laboral y fiscal, ya me dirán cuando titulados hayan de estar además. Tendrán que ojear los drones.

¿No bastan las normas prohibiendo armas y acciones y exigiendo licencias, señalizaciones y responsabilidades directas o subsidiarias? ¿Es que una montería, un ojeo, rececho o aguardo son centros de trabajo por un día, una noche o una madrugada? ¿Resulta razonable que al ojeador de perdices, además de dirigirlo unos maestros consumados del campo (en su arranque, recorrido y parada) y colocarle una vestimenta o tocado especiales, se le impongan veinte horas de clase (Atica habla de dos, pero, al decir de la ONC y Mesa de la Rehala, el mínimo legal de los cursos de seguridad en el trabajo es de veinte según «funcionarios consultados» en el ministerio correspondiente). Y tanto aparato ¡para pegar voces, dar pitidos y apalear matas con un garrote! Igual digo del arriero que pincha la panza de las reses para desinflarlas antes de arrastrarlas.

Y lo peor no está en que a la postre se terminen exigiendo estos cursillos y otros nuevos, que seguro irán surgiendo hasta lo inaudito. Lo peor será que, como sucede en otras materias (ver en Diario Lanza del 1 dic. 2011 mi artículo «Agricultor ecológico», también en lanzadigital), se impartan por internet sin control de presencia ni garantía de identidad y los superen hasta quienes no saben leer, porque los suplantan sus hijos o nietos. Todo ello contando con que los aprobados no se regalen y los fondos no se pierdan entre libradores, receptores y administradores dejando tan «inseguros» como antes a quienes se limiten a pagar sin añadir nada a su higiene, salud y seguridad, una buena forma de entender el poder y entender la autoridad.

Descubrir a tontos de remate, tontos de carnaval o de circo, sería lo de menos, pues podríamos hablar de listos de armas tomar, que por algo estamos en el mundo de la caza armada y a tiros. Pobre caza, una vez más. Y pobre España, pícara y subnormal


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