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EDUARDO COCA VITA (Un cazador que escribe)
07/07/2016
Gritos en el cielo

Un inconveniente de escribir mensualmente es la imposibilidad de tratar temas de actualidad, arrollados por la máquina del tiempo y hechos antiguallas, conservas caducadas. Y no hablo de meses de treinta días, sino de cuarenta y cinco, por el margen de entrega que demanda la cortesía debida a maquetistas y directores. Frente a ello, la ventaja de un plazo sobrado para redactar, aunque la diligencia sea virtud de los atareados, mientras los desocupados practican lo del «último día», que el mal abogado justifica en la mayor preparación y estudio del asunto. ¡Mentira! La calidad va en la rapidez de ejecución. Acaba pronto y mejor el trabajo quien más lo piensa, y lo entregan tarde quienes no lo meditan.

Tras estos excursos, que tenía ganas de usar como introducción alguna vez, voy a lo del día de hoy. O sea, a decir que cuando esta página se lea habrá tenido lugar —a lo Fuenteovejuna— la manifestación del mundo rural gestada por las fechas en que lo escribo. También derechas e izquierdas habrán disputado las elecciones, donde los cuentistas de turno defenderían sus mentiras para conseguir el poder legislativo y la potestad reglamentaria, pero especialmente los escaños y cargos que les arreglen la vida y aseguren el retiro, sin descartar hacerse ricos los más deshonestos y atrevidos.

Al hablar de gritos en el cielo estoy plagiando a quien recientemente —no recuerdo nombre— lamentaba las agresiones a la caza desde múltiples frentes: animalistas, ecologistas, partidos y poderes políticos, medios de comunicación, jueces y tribunales, instituciones europeas, organismos internacionales… No seré quien baje el volumen de ese vocerío, pues veo, leo y sufro sus causas como el primero. Pero yo me quejo también —y en el cielo pongo el grito— por lo que otros callan tácticamente, si es que no lo encubren a hurtadillas o hasta lo celebran y airean a rostro abierto. Por ejemplo, yo lamento que no se clame al cielo por dos recientes inventos del modernismo salteador de la venación (simples gotas en el océano de innovaciones vanguardistas): la torreta hidráulica de altura variable, amueblada, climatizada y transportable por donde haga falta; y los vehículos trepadores y anfibios de cuatro ejes, 8 X 8, cuya incorporación al acervo cultural cinegético quizá busque continuar las tradiciones de nuestros ancestros para no perder lo arcano que nos legaron vía ADN. ¡Válgame Dios! es la exclamación que por ello lanzo al cielo donde ni Dios me escucha. Y menos mal, digo a veces, pues podría lanzarme un anatema o el aviso de castigos merecidos por legitima venganza de los cabreados con mi inmovilismo, misoneísmo e integrismo hechos roquetas de mar.

El mundo de la caza es poco humilde para un examen de conciencia y reconocimiento de pecados. Sirvan de ejemplo los toros, con ataques quizá más generalizados y menos fundados. ¿Qué tono tendría nuestro chillido de cazadores si una autonomía prohibiera cazar en su jurisdicción o un ayuntamiento en su término? En la tauromaquia se han dado repetidamente ambas situaciones como motivo más que suficiente para gritarle al cielo, si no bastasen las concentraciones no autorizadas a pie de plaza, las interrupciones de espectáculos y las injurias a los intérpretes y protagonistas de las corridas o sus asistentes. Actos, perturbaciones y acusaciones de impune habitualidad y notoriedad, por cualquier sitio y a cualquier hora.

Pues bien, a pesar de este ataque a los toros, más virulento y generalizado que a la caza, los aficionados, medios del ramo y asociaciones taurinas asumen la parte de responsabilidad. Entonan sin complejos el mea culpa de la carencia de emoción y el mercantilismo infiltrado, de la desvirtuación de la lidia y el giro en la compostura de toreros, ganaderos y empresarios. Los taurinos no estamos siempre y solamente hablando de lo mal que de nosotros hablan otros, sino reconociendo también que entre los nuestros anidan males y razones para la hostilidad social, el alejamiento de la juventud y el crecimiento de los abolicionistas. Un buen ejemplo a imitar por los cazadores que hacen de su grito en el cielo un canto de autocomplacencia y un melodioso halago al oído del cantor, olvidando lo del enemigo en casa, la viga en el ojo propio y la leña añadida al fuego. Pero, igual que no se puede circular en coche sin pedal de freno que lo pare si se embala, tampoco se debe elevar tanto el megáfono que la voz del desprestigio y oposición a la caza llegue distorsionada adonde ni Dios entiende la «naturalidad» con que se acoge cualquier acto, método y medio, imposibles de armonizar con principios morales o fundamentaciones filosóficas en la acción contra los animales. Un ejercicio de contradicciones. Una incoherencia. Un cuento chino que traerá consecuencias. Porque cazar no es eso. O, mejor dicho, eso no es cazar.



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