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EDUARDO COCA VITA (Un cazador que escribe)
12/12/2015
Caza y política, política y caza

Nunca me gustó el Premio Carlos III para un político. Lo he dicho y escrito más de una vez. Los políticos pasan, lo que hacen lo deshacen otros, ellos mismos se mudan de bando y hasta cambian de ideas. Sus acciones no tienen segura permanencia. No digo que este gran reconocimiento deba ir solo a cazadores (entendiendo por tal las gentes del mundo de la caza en su globalidad polifacética), también a investigadores, científicos, divulgadores…, cuya labor se perpetúa con descubrimientos u obras inmutables, al margen de la decadencia o alteración ideológica del autor.

El doctor Fleming recibió de los toreros honores que todos comprendemos, pero honrar a un ministro por hacer el reglamento taurino carece de causa lógica. Porque cuando se premia a políticos no se sabe si la política hace un favor a la caza o la caza favorece a la ideología del premiado: la política es lo más venal y veleidoso del orbe y los políticos le sacan jugo a todo. Mejor que se galardonen entre ellos.

En octubre, cercanas ya las elecciones y como gesto de sus vísperas, un diputado que posee el Carlos III llamó a un escogido grupo de personas ligadas a la caza y, en una deslumbrante sala del Congreso, las sentó en torno a una mesa oval tan grande que necesitaban micrófonos para entenderse pese a no estar cubiertos todos los puestos. Por lo divulgado en la prensa, parece que la cita fue para repasar lo impulsado por su partido desde 1996 (él ocupa escaño desde 1993) y contar los logros en la legislatura, de los que dijo sentirse muy satisfecho. O sea, como todo cargo que aspira a la reelección: ofrecerse de meritorio por lo hecho y prometer seguir haciendo, aunque en el fondo busquen continuar donde no se debe estar nada mal. Un acto más de precampaña que es habitual para rendir unilateralmente cuentas triunfales, resumir conquistas y recontar éxitos.

Sobre ello se me ocurren algunos comentarios, producto de las reflexiones que me iba suscitando la noticia en los medios cinegéticos, únicos que la recogían, quedando todo en casa como siempre. Lo primero, me extraña que solo fueran llamados los de un lado: la patronal, la prensa y el círculo asociativo oficialista, sin ningún convocado de los sencillos cazadores, de las batidas sociales o de los cotos colectivos. ¿Había alguien de las peñas y cuadrillas rurales? Brillaba la ausencia de jabalineros, perreros, perdiceros, galgueros, guardas, cuquilleros, palomeros, etc.

También me hacía cavilar el listado de asuntos que el expositor consideraba cinegéticos y yo tomo por tangenciales. Así, la responsabilidad en accidentes con fauna, la fiscalidad y cotización social de los autónomos y asalariados en las cacerías o el reparto de las tasas de licencias (no creo haya asunto más dilatado y escasamente práctico que la licencia única, reducida, me temo, a la licencia de un tercio del mapa autonómico, un auténtico parto de los montes).

Añado a mi crítica —constructiva, lo dude quien lo dude— que en la caza, como en cualquier campo de la actividad o vida social, legislar se parece a guiar un coche, unas veces acelerando y otras frenando, incluso cejando. No solo hay que apretar en cuestas y tramos embarrados o para la conquista de nuevos horizontes, sino también retener la velocidad en caso de rueda libre y descensos o en los lanzamientos arriesgados.


Y en los veinte años chequeados, siempre de avance y pasos al frente, no se ven medidas que nos acerquen a los detractores que puedan llevar razón, ni nos reconcilien con la sociedad censuradora de lo reprochable y con los ecuánimes cazadores contestatarios, que no es justo ni conveniente aniquilar. Y sin esa labor de contención, superpuesta a las de desarrollo e incentivación de una caza ecológica y sostenible, no le cabe futuro a una caza destructiva de piezas prisioneras entre vallas, importadas de granjas o cercones y ventajistamente ajusticiadas con inventos y artilugios que humillan a los animales y deshonran a quienes los ejecutan con el desequilibrio del reo maniatado frente al verdugo de guillotina apilando las cabezas cortadas a seres inermes.

Hay monterías y ojeos que más parecen campos de exterminio. Y se hacen acechos y recechos que evocan operaciones militares, si no cruentas ocupaciones. Su prohibición sin paliativos debió figurar en algún capítulo del balance legislativo.

Desde 2003 tiene usted el Carlos III, don Teófilo, y nobleza obliga, señor De Luis. La campaña por el voto y el pueblo votante piden su intervención tanto en la defensa de lo bueno de la caza y su progreso como en el veto a la «caza» infumable y la condena del «cazador» impresentable, peor que el furtivo pero impune. Si incluye todo eso en su programa, yo le juro que lo voto.


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